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El oasis

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El oasis
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Nota El oasis

El oasis

Había oído hablar, de quienes lo habían experimentado, de los espejismos que la sed y el cansancio provocan en el caminante cuando se interna en la inmensa soledad vacía del desierto. Por ello le extrañó comprobar que el agua era real, y que los destellos que el sol producía en ella no eran resultado del agotamiento sino que verdaderamente estaban allí, deslumbrándolo con el incesante fulgor que, según sabía por lo que le habían contado, diferencia a los oasis de verdad de los espejismos. Llevaba ya varios días sin probar otra agua que la de su cantimplora, sucia y con el sabor gastado del interior de la última tubería a la que había pertenecido. Su presente se había vuelto peligrosamente duradero, casi como si su función de ser viviente fuera caminar y caminar sobre la arena caliente y bajo aquel sol inhóspito. Ahora, ante el oasis, cayéndole el agua por el cuello y los brazos, le parecía extraño que sus ojos agradecieran a ese mismo sol toda la luz con la que el agua inventaba aquellos hermosos destellos, como de luz propia.
El agua del oasis parecía estar superpuesta entre las dunas, como si realmente fuera agua suspendida, como si no tocara la arena. Las cuatro palmeras apostadas a la orilla daban constantemente unos dátiles como él jamás los hubo visto. Por otra parte, el agua era tan cristalina que casi podía verse el fondo, y era tan dulce y fluida como si proviniera del nacimiento de un manantial. Y, sí, mientras más se le observaba podía uno concluir que su luz le era propia, que bien podrían estar los destellos iluminando el sol en lugar de lo que las leyes físicas prescriben. Se preguntaba cómo se conservaba el agua del oasis, si no veía ni una nube hacia ninguno de los horizontes que se disputarían después la atención de sus pasos.
Así, pues, ante su vista insomne había un oasis de veras extraño e interesante, con un agua tan pura que parecía ahuyentar los peregrinos granos de arena que intentaran posarse sobre ella durante una ventisca. Como conocía las escasas probabilidades de conseguir otro oasis en mucho tiempo, decidió darse un baño y, mientras se desnudaba frente al agua, iba dándose cuenta, poco a poco, de la existencia de una bien definida propiedad en los destellos. Una vergüenza absurda estremeció su piel antes de que el agua lo cubriera hasta el cuello.
Comió algunos dátiles que no le permitieron percatarse de que había sobrevenido la noche, ese elemento que se hace difícil y siempre bienvenido en los desiertos. Recostó la mitad de su espalda en una palmera y estuvo largo rato contemplando el oasis. No había viento, sin embargo los destellos seguían sucediéndose con extraña agitación. A pesar de la oscuridad nocturna podía distinguirse la limpieza y la personalidad acogedora del agua. Entonces se convenció de que el oasis debía estarle sonriendo, y se quedó profundamente dormido.
Estuvo allí varios días, comiendo dátiles y compartiéndose a sí mismo con las cristalinas y dulces aguas del oasis. Un día, cuando ya estaba totalmente repuesto, decidió continuar el camino. Volvió a vestir sus ropas como antes. Quiso llevarse algo del oasis y hundió la cantimplora en el agua. Luego tomó algunos dátiles y los metió en la mochila para comerlos por el trayecto.
Se quedó un rato de pie ante el oasis, viendo los destellos juguetones. Pensó que si no tomaba nunca el agua que llevaba en la cantimplora podría, quizás, al arribar a destino seguro, apreciar aquellas llamaradas de luz propia que a él le producían una especie de encantamiento. Mientras observaba, un gran sobrecogimiento creció en su interior. Comparó entonces las cristalinas aguas con la sosa estupidez de la arena; comprendió que entre aquel oasis y cualquier otra cosa buena podría haber más de un millar de dunas. Arriba, el sol se empeñaba en demostrar que sólo sobre el oasis era un sol tranquilo, y que fuera de él era inmisericorde.
Ya había empezado a atardecer. Continuaba allí, de pie e indeciso. El oasis sólo parecía sonreírle. Dejó la cantimplora en la orilla, se recostó de una palmera y se dejó invadir por un cálido sentimiento de paz interior.
—Bueno —se dijo—. Mañana habrá tiempo para decidir.
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